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Muero de ganas

Muero de ganas de dormir con ella, pero en el buen sentido de la palabra. Darle un beso de buenas noches, apagar la luz y acostarme a su lado. Muero de ganas de estar ahí, oyéndola respirar el mismo aire que yo. Muero por compartir la misma mantita y el calor que poco a poco se forma mientras nos quedemos dormidos. Muero de ganas por compartirle mis lugares favoritos, muero de ganas de abrazarla fuerte y sentirme correspondido, y que luego me deje casi sin aire. Muero de ganas por verla roncar al dormir. Muero de ganas de ser lo último que ella ve en la noche y lo primero que vea en la mañana. Muero de ganas por empezar y terminar el día diciéndole lo mucho que la amo.
Yo muero de ganas que ella sea para mí,
y podría pasarme la eternidad diciendo el porqué.

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Sólo Dormir

Anoche soñé que ya no estaba. Es decir estaba, pero muerto, pero aún podía ver y oir lo que ocurría. Escuchaba, a la familia preguntandose por las contraseñas, las claves de tanta cosa en lo que ando metido, desde hace ya muchos años.

Cuentas de blogs, de Google, Twitter, Flickr, Facebook, Pinterest, Linkedin, WordPress, YouTube, Foursquare, Whatsapp, y cuanta app se lanza por ahí. Se preguntaban si simplemente se quedaría todo ahí.

Yo pensaba que, si hubiera sabido, habría dejado un buen post, unas buenas fotos, algo memorable y bien preparado, como para que quedara ahí para la eternidad. (Aunque de verdad, lo que más quería era abrazarlos a todos).

Nadie maneja mis contraseñas. Nadie. Tampoco las tengo almacenadas en ninguna parte, salvo en mi cabeza. Pronto este cyberespacio estará lleno de sitios abandonados porque sus dueños, sus creadores, los que han sido el alma y motor de esos sitios, ya no estarán. Todos quedarán a la orilla del camino, esperando nada, como animitas virtuales, mudos testigos de algo que pasó. Llevo casi diez años blogueando, me han dicho de todo, bueno y malo. Y sigo escribiendo lo que quiero, cuando quiero y como quiero. No tengo vergüenza de pensar, ni menos de sentir.

Lamenté no haber dejado una carpeta especial para la ocasión, escondida entre otras carpetas dudosas, algo así como “abrir en caso de…”. Más aún, lamentaba no haber dejado un artículo ideal y las precisas instrucciones de cómo postearlo. Tengo tanta gente a la que decirle, de nuevo, gracias, que habría sido bueno poder escribirlo.

Y no sé que irá a pasar después. No sé si intentarán hackearlo, o pasarán por aquí a veces para dejarme un comentario, un saludo, una historia de esas que me gustan a mí. Tal vez se va a llenar de graffitis, pensamientos y mucho de story telling. Nadie tiene esta clave. Todo se quedaría como ahora, como el último día, como la última vez. Para siempre.

En fin, ya saben, si pasan por aquí y yo ya no estoy, dejen algo, una frase, una historia, un par de cosas ingeniosas. Cuidadito con andarme poniendo santitos, y nada de frases cursis, ni frases de lástima. (puedo decir que fuí más feliz que muchos de ustedes).

No me asusta la muerte ritual, sólo dormir, verme borrar, como decía mi mamá. Pero bien, todo bien. Por último, no es problema mío, yo no voy a estar. Recuerden vivir el día, el momento, el segundo. Eso es.

PD: Sí alguna vez mis restos llegan a ser velados no pongan canciones tristes en el durante. Mejoren el ambiente en cambio, y que ésta sea la que suene en los parlantes.


“Fito Páez – Brillante Sobre El Mic”

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